La policía de Ciudad Juárez escribe los guiones más fregones de México

073f5303c8ae2420658a3f0a8653b82eJesús Salas trabajaba en Comunicación Social de la Policía Municipal de Ciudad Juárez. Lo conocí cuando me encerraron por conducir tomado. Desde entonces nos hicimos buenos amigos y le pedí que me contara la siguiente historia. –Luis Chaparro

La barandilla del Departamento de Policía de Ciudad Juárez es un lugar en donde policías, abogados y jueces se vuelven cineastas. Un espacio de 20 metros cuadrados en donde conviven agentes, detenidos, médicos, recepcionistas, cajeros y yo, encargado de poner los apodos y presentar sicarios, dealers y narcos a los medios de comunicación.

En la recepción el olor es una mezcla de alcohol, drogas, tierra, basura e indigentes. La gente habla en claves hasta para la menor tarea: 8-3 baño, 18 libre, 38 a celdas, 40 detenido, 66 arma de fuego, 5-4 muerto, 8 cocaína, 13 testigo.

A la entrada de la barandilla los agentes de la policía local te hacen “la última revisión” o como lo llamamos, la última golpiza. El lugar de las revisiones está situado estratégicamente para que las videocámaras no logren registrar lo que ahí sucede. Puntos ciegos. Pero yo he visto las brutales golpizas. Los agentes evaden golpear en el rostro para que cuando sean presentados los golpes no sean visibles. He visto a detenidos perder el conocimiento a causa de un golpe en las orejas, recibir patadas en las espinillas, palmadas en la espalda desnuda, tablazos, baldes de agua fría, zapes, golpes a las costillas con la tonfa, cintarazos y —hasta ahora el incidente más bizarro—, donde a un detenido le quitaron la ropa interior jalándosela al estilo calzón chino.

En el mismo sitio, el de la última revisión, colgada sobre una pared, esta “La Manta”. Una manta de 2×2 que tiene las insignias de la Policía Municipal e inmediatamente te convierte en criminal, es decir, cuando los medios fotografían a un individuo frente a La Manta, no hay vuelta atrás, si eras un borrachín cualquiera, ahora te hemos convertido en el líder de una de sicarios.

Hasta el momento de su detención el implicado no tiene ni la más mínima oportunidad de decir su versión de los hechos. Ya dictaron, ya te chingaste. No podrás hacer nada para demostrar tu inocencia en al menos 24 horas, el tiempo que se lleva el dictado de la remisión, el traslado a la fiscalía, revisión de papeleo, la remisión a los jueces encargados de ejecutar las penas, hasta el juicio en donde probablemente tengas elementos para decir que eres inocente.

Después de que coloco a los detenidos a mi gusto, les pido las armas a los agentes. Hago mi trabajo y los despojo de la 6-6 y comienzo a imaginar lo que podría hacer con ella. Tanto delincuente me ha infectado la mente, ciertamente me parece fácil cometer algunos delitos. Un asalto o robar a alguien al azar es en lo que más fantaseo. Con el arma en la mano mi imaginación comienza a trabajar. ¿Qué gritaría si fuera un asaltante? ¿A cuántas personas iría a mostrársela? ¿A quien asustaría con ella?

***

Para armar la película de los sicarios más salvajes o jefes de los cárteles se hace así: hay seis policías a la entrada quienes se distribuyen el trabajo. Mientras uno de los agentes llena papelería, otros dos dictan los hechos. Todos ya saben cómo funciona. En complicidad con los jueces, se inventan los grandes guiones.

Por ejemplo: un hombre que portaba una escopeta y realizaba detonaciones al aire, fue detenido luego de que los vecinos llamaran a las autoridades. Cuando los policías llegaron al lugar, el hombre tiró el arma, huyó y lo capturaron más adelante.

Así me lo platican los agentes: “Lo detenemos y le damos su terapia un rato. Por pasado de vergas. ¿Para qué anda disparando el güey?”

A simple vista es bastante fácil. Pero al juez no le parece y cree que la historia podría dar para más, es decir, cambiar la versión para que se entienda que el hombre salió corriendo con un arma, que para evitar ser capturado intentó brincar algunas bardas y se golpeó en el rostro —golpes que seguro son de los agentes, nadie se cae de pura cara en el pavimento varias veces—, además le pueden sembrar algunos envoltorios de marihuana si el detenido se pone agresivo. Ese es un ejemplo fácil.

Otro ejemplo: La policía busca a los responsables de cometer un carjacking (robo de auto con violencia). Los agentes realizan el rastreo y capturan a los ladrones aún con el carro y un arma de fuego. La afectada los reconoce y señala al que le apuntó y a quienes estaban en el carro. Los polis saben que “el del arma mama”. Así dicen: “Ya mamó”. Pero como los demás tripulantes no tienen cómo quedarse detenidos, es cuando los agentes sacan su KIT: bolsas o mochilas que llevan en las unidades en donde traen de todo: drogas, armas, cuchillos, desarmadores, celulares, dinero. Todo esto para dejar dentro de las celdas a quienes no se les encontró nada. De esa manera ninguno se les va vivo y pasan de ser de un carjacker con tres cómplices, a un carjackerarmado, un tripulante con varias dosis de marihuana, y otros dos que intentaron sobornarlos. Modifican todo de tal manera que ya eres un delincuente con delitos más graves a los que realmente eras acreedor.

En promedio se lleva una hora dictar un delito, 20 minutos por una falta común y cuando el trabajo es más complicado, hasta cinco horas.

De los jueces está más cabrón hablar. Puedo decir que se ubican en un área de 4×4 metros: El Coronel Sanders, El Chilango, La Enojona, Marquesín y El Exbeisbolista. Así los conocemos los polis y yo, y nadie se anima a decir sus nombres.

La juez Marquesín es la que mejor me habla. Me ha contado que en ocasiones realizan la detención de siete personas y a barandilla sólo entran cinco. Días después en los periódicos: “Aparecen dos teipeados”. ¿Coincidencia? ¿Asesinato? Aquí no sabemos nada.

Por Jesus Salas y Luis Chaparro.

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