Rarámuris ‘requieren empleo, no cobijas’

Rarámuris

 

Pasaron cuatro años desde la última vez que se volteó a ver a los rarámuri de la Sierra Tarahumara, cuando la sequía les arrebató la posibilidad de cosechar maíz y frijol de temporal que cosechan para subsistir. Entonces, hasta los animales se quedaron sin comer por una helada atípica que arrasó con el pasto. 

Ahora mismo esta etnia sigue padeciendo hambre por factores como la pobreza, a la que vinieron a sumarse las afectaciones por el cambio climático, que en los últimos años han empeorado la situación, orillando a familias enteras a emigrar año con año. 

El gobierno de Chihuahua ha documentado que los rarámuri se emplean en las grandes ciudades de la entidad, ganando entre 10 y 40 pesos diarios, y hasta en venta y distribución de droga. 

“Hay pocas opciones para la mayoría de los jóvenes; se pueden meter con los narcos y sembrar mariguana y amapola o pueden migrar y buscar trabajo desde edades tempranas, porque su familia no tiene cómo sostenerlos”, explicó Randall Gingrich, director de Tierra Nativa AC, organización que trabaja en la Sierra Tarahumara. 

Desde hace décadas el olvido ha marcado la historia de estos grupos indígenas. Las posibilidades de generar ingresos en su lugar de origen prácticamente son nulas, advierten las organizaciones que trabajan en la zona. 

“Trabajan en campos agrícolas alrededor de las ciudades. Muchos de ellos reciben muy buen tratamiento, pero hay otros donde hay mucho abuso, donde los mantienen como esclavos trabajando siete días a la semana, pagándoles muy poco o sin pagarles”, describió Gingrich. 

Luego de que la Secretaría del Trabajo encontró a 170 rarámuris en condiciones infrahumanas y de semiesclavitud en un campo de siembra de papas en Comondú, Baja California Sur, Rosario Álvarez, directora de la Fundación Tarahumara José A. Llaguno, que desde hace 22 años trabaja con estas comunidades, indicó que se trata de un fenómeno migratorio generalizado. 

“Las comunidades de la sierra bajan hacia las zonas de cultivo en la época de siembra y en la de la pizca. Bajan hacia las zonas de Cuauhtémoc para la recolección de manzana y también van mucho a Sinaloa y llegan hasta Baja California y Baja California Sur”. 

Planteó que es muy común ver a familias que viajan con hijos, quienes desde pequeños comienzan a trabajar en la pizca para ayudar al ingreso familiar. 

“Hay de todo, te puedes encontrar condiciones buenas de trabajo hasta condiciones de esclavitud. El pago también es bastante variable: encuentras que en algunos casos, incluso, les retienen el dinero hasta el final de la temporada con la excusa de que son borrachos y lo derrochan”. 

En este contexto, advirtió que el de Baja California Sur no es un caso aislado, ante lo que llamó a que se realicen inspecciones recurrentes, sistemáticas y de calidad, tomando en cuenta que la gente se mueve hacia donde hay trabajo, aunque éste se ofrezca en pésimas condiciones, porque es lo único que hay. 

Destacó la urgencia de que exista una verdadera voluntad política para erradicar de raíz las causas de la pobreza, lejos de respuestas asistencialistas. 

“No requieren de cobijas y de cartones de huevo; los requerimientos son cosas que les permitan generar sus propios ingresos y tener una vida digna, sin estar dependiendo de la dádiva de alguien. Una cosa muy básica es asegurar que todas las comunidades en México —no sólo los rarámuri— tengan acceso a los servicios más básicos, agua, salud, educación; esto pondría en igualdad de circunstancias a una persona en una zona urbana y en una zona rural”, expuso. 

Expresó la necesidad de asegurar que todas las empresas agrícolas tengan condiciones adecuadas para los trabajadores. 

“Sólo espero que al hablar de la Sierra Tarahumara, la salida no vaya a ser camiones de cobijas y de galletas”. 

Información de Excélsior fue utilizada en la redacción de esta nota.

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