Monjas venden un Cristo para salvar su convento

 

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La madre superiora, angustiada por las importantes deudas que su congregación debia afrontar al requerir importantes obras de mantenimiento, tuvo que tomar la decisión más importante de su vida religiosa: vendía el crucifijo o cerraba el convento. No era una decisión fácil pero, como explica Guillermo Garza, dueño de la casa de Subastas Gimau, en Monterrey, la hermana tuvo que convertirse en torera. «Tendrá usted que torear con los que la criticarán y los que la alabarán por tomar la decisión de vender el Cristo».

La madre superiora pidió primero opinión a las 16 monjas con las que comparte vida religiosa, y «luego fue también a pedir consejo de la hermana superiora de San Luis Potosí, mandamás de todos los conventos de la zona», cuenta Garza. Tras evaluar la situación financiera, decidieron que había que vender el Cristo para salvar la congregación. «Tenemos que pagar el mantenimiento diario de las bombas, la instalación eléctrica y del resto del inmueble. La primera fase de las obras que hicimos costaron 234 mil pesos y las pagamos con donativos, pero para la segunda fase ya no tenemos dinero», explicaban las monjas.

La decisión tenía —cosas del destino—, un carácter también personal para la madre superiora. La hermana Julia resulta ser sobrina de María Guzmán de Gutiérrez, la mujer que en 1958 compró la figura en la casa de antigüedades La Granja, en la Ciudad de México, para cuatro años después donarla al convento.

Décadas después, con la tía ya fallecida, fue la sobrina la encargada de velar por aquel lugar que tanto amó su familiar. «Ella pensó que su tía hubiera estado de acuerdo con la decisión y recordaba que era una mujer tan generosa que vendía sus pendientes para ayudar a la congregación», relatan en la Casa de Subastas Gimau.

«Fue entonces cuando la hermana Julia llegó a mí para pedir asesoramiento. Me dijo que tiene ya cuatro personas interesadas en comprar la antigüedad y yo le expliqué que si la subastamos podríamos tener 30 y sacar algo más de dinero», cuenta Garza, quien, al entender la gran necesidad y urgencia de las monjas, decidió adelantarles un dinero para que pudieran ir tapando agujeros. «Prefiero no pedir más dinero. Ya tenemos gente que nos ayuda con donaciones, pero no llega», explicaba la madre superiora.

El convento se financia con las ayudas de algunos feligreses y con la venta de hostias sagradas y rompope. También ofrecen las instalaciones para retiros y otras actividades. Pero no alcanza, dice la hermana Julia que ya no quiere mendigar más dinero. «La última concesión de sor Julia fue la de contar la historia, hacerla pública. Yo le dije que era mejor explicar de dónde salía la venta». Fue una acertada decisión, ya que varios medios locales se interesan por los hechos, lo que le ha servido también para hacer públicas sus necesidades y conseguir algunas ayudas, y captar mayor atención de compradores para el momento de la subasta.

Finalmente, la Casa Gimau anunció el pasado jueves que la figura sería puesta en venta. «Antes de empezar la subasta ya teníamos tres ofertas que superaban el valor de salida de 70 mil pesos», explica Garza. Finalmente la pieza se vendió por 130 mil pesos. «En la sala la compró un señor que, nada más adquirir la obra, se marchó», recuerdan los Garza, quienes han tenido la generosidad de ayudar a las endeudadas monjas donándoles todo el dinero y no cobrando su parte proporcional de la venta.

Mientras tanto, la congregación podrá acometer las obras que le permitan a las hermanas seguir rezando, elaborando sus hostias y su rompope, y dando más que nunca gracias a aquel Cristo redentor que estaba guardado como un tesoro en una de las salas oscuras de su deteriorado convento.

 

 

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